Somos maquinas productoras de esperanza. Vivimos de seguir creyendo hasta cuando ya no queda mas nada, aun ahí, en lo mas recóndito de nuestras almas queda un gramo de fe, desorientado, luchando por no extinguirse manteniendo viva el ánima. Es la formula básica de la supervivencia humana. Sin esperanzas no hay objetivos, y sin objetivos no hay motivo de vida. Ni siquiera cuando nos resignamos y aceptamos el negativo porvenir, siempre seguimos creyendo que se puede cambiar. Es el motor humano, lo que nos da motivos.
Situaciones nos ponen a prueba, desesperando la angustia del desconocimiento, presionándonos hasta exprimir la última gota de fe que llevamos dentro. Es querer renunciar a la posibilidad de perderlo todo, pero seguir luchando por la chance de ganarte lo mejor. Es la guerra entre el abandono y la perseverancia.
El tiempo homicida de ilusiones, con su paso derriba hasta el mas guerrero, pero siempre esta el valiente que se vuelve a poner de pie. Esa valentía, motivada por la chispa de fe que nos vuelve a encender, que nos brinda calor al corazón.
Esa dualidad de sentimientos luchando por aniquilarse entre si, es lo que diferencia al valiente del cobarde. Aquel que deja la vida por la única y mínima posibilidad de obtener la recompensa, ese defensor del positivismo, es el intrépido optimista. Mientras que, el que analiza las posibilidades de perder aquello que todavía ni posee, el que nada arriesga, teme de acabar peor de lo que esta cuando no sabe que no se puede estar peor que desesperanzado, el cobarde timorato de frágil espíritu. Ese es que mas pierde, hasta la vida misma, porque jamás ha de ganar nada.
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